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26/1/10

El tren y el metro tienen los días contados


Las clases del segundo cuatrimestre empezaron ayer y, por lo que nos explicaron los profes, parece que las asignaturas tienen mejor pinta que las del primero, así que de momento estoy contenta. Pero que las asignaturas que me hayan tocado sean buenas no significa que sean la única noticia que ha contribuido a aumentar mi felicidad. Todo eso de tener un día libre a la semana y que dos de los días que tenga que ir solamente dé una hora de clase está muy bien, sí... pero lo mejor, sin duda, es que hace apenas unas horas me he apuntado a la autoescuela.

He de confesar que estaba un poco nerviosa al ir a hacer la matrícula, pero es que entre el frío, la semi nieve de las calles, el pensamiento de que me había olvidado en casa algo de vital importancia, la paranoia de que el bolso iba a saltar de mis manos en cualquier momento hacia las de un alegre desconocido... bueno, he entrado en la recepción como una loca, con las mejillas coloradas y los dedos asiendo firmemente el pequeño bolso. Menos mal que la recepcionista ha sido quien ha rellenado los papeles, porque he llegado a pensar que se me habían congelado las manos en esa posición. Pero en fin, después he leído el contrato, he pagado la señal y he recogido copias, facturas y todo el material didáctico ya más tranquila. Aunque a la hora de leer el contrato la mujer ha debido pensar que era un poco, ejem, lenta...todo consecuencia de que mi abogada, perdón, mi madre me metiera una tremenda charla acerca de los peligros que conllevaba no leer la letra pequeña y todo ese rollo, así que al final he terminado leyendo cada palabra unas... ¿treinta veces? Sí, aproximadamente.
¡Aún así estoy muy contenta! Tengo un libro para aprender a conducir, acceso a test y clases teóricas todos los días. ¿Qué más puedo pedir?

Oh sí, un coche... un coche para mi solita. Pero esto último me da en la nariz que ni pidiéndolo por reyes.