23/8/11

Diez elevado a dos cosas que aún no sabéis sobre la ingeniera más sexy del planeta

¡Hey chic@s! Que yo también me voy a apuntar a esa moda tan cool que ha iniciado Adsi de contar un pedacito de la vida de cada uno. Sé que pensáis que soy una criatura fría y calculadora... pero bajo esas capas de escarcha y hielo... soy todo amor y ternura. 



  1. Los dodos son las criaturas más bonitas del planeta.
  2. Y, en realidad, contrariamente a lo que la gente piensa, no se extinguieron.
  3. Yo soy un dodo. 







































¡JA! ¿Qué os creeiais, eh? ¿Que os iba a contar a vosotros, Gente de Otoño, cien cosas íntimas y privadas sobre mi fantástica persona? Bwajajaja... NO FUCKING WAY.
Yo me vuelvo a las calles de Londres... a Withechapel, en concreto, a hacerle una visita a mi amigo Jack The Ripper. Shikaru y él han quedado a tomar el té de las cinco (¡en punto!) y si llego tarde, Jackie se enfada y empieza a remover el té con el bisturí...

20/8/11


The London Bridge is amazing, isn’t it?

6/8/11

Unrequited Love

ATENCIÓN
Mira que me jode tener que destripar la trama así de buenas a primeras... pero bueno. Abajo hay yaoi. YAOI. Leed bajo vuestra propia responsabilidad.



Alfombrado el suelo con la muerte de las hojas, crujientes y podridas, la superficie arenosa se resecaba con el oscuro color pardo que detuvo su vida. La arcilla y el barro chapoteaban a su alrededor, delineando el contorno de sus otrora venas plenas de clorofila y savia. Unos pies bailaban sobre ellas con el renqueo característico de quien se ha abandonado al mundo. Sus desgastadas zapatillas de estudiante partían el suelo y la arenisca, y la noche recibía cálida el crujir desesperado de los muertos, bien muertos, cuyos restos desperdigados no eran ya importantes para nadie. Un puñado de hojas.

Su cuerpo se estremecía resquebrajando la frágil y rugosa corteza arbórea. Los nudos contra su espalda moldeaban su columna inquieta, el dolor era sordo y distante, perdido en el placentero torrente que nacía a pocos centímetros de su ombligo. El paraje desolado acogía las tumbas de los seres en su vientre yermo y arrugado, condenado a no florecer para mantener el descanso de unas cuantas almas que viajaron a la muerte excavando bajo su superficie. Insultante era pues, como mínimo, que hubieran escogido el lugar de reposo de quienes un día fueron para disfrutar de un presente que se escurría a marchas forzadas.

La toga negra, incuestionable símbolo universitario, plegaba su tela a ambos lados de la cintura del muchacho. Los pantalones yacían desmadejados sobre sus tobillos. Unas manos finas y huesudas estiraban hacia abajo su ropa interior, deslizándola sobre la frágil piel excitada de unos muslos apretados. La calidez del aliento ajeno fue lo único que precedió la humedad de sus labios. Aprisionado contra una lengua danzarina, el cielo de su boca y el apenas nimio roce que, en un descuido, acercaba los dientes a la carne, el estudiante dejó que sus labios descolgaran un suspiro de alivio. Los besos que se habían dado le parecian tan lejanos; la tibia saliva ahora adornando el extremo inflamado de su sexo, en compañía de unas solitarias gotas de lo que podría decirse su esencia. Sus brazos se abrieron camino a través de las profundas mangas negras, imitando el comportamiento de las enredaderas sobre el cabello ensortijado del muchacho. Tenía un tacto suave que recordaba a la planta del algodón, los mechones curvos más cortos se le anillaban en torno a los dedos como raíces recién germinadas. De no ser por la escasa luz de las farolas, casi hubiera podido jurar que el oscuro color de su cabello despuntaba un destello verdoso, como el musgo sobre las rocas. El joven arrodillado abrió los ojos. Sustituyó la estrechez de sus labios por una mano firme antes de volver su rostro hacia el cielo, buscándole. Su mirada clara recordaba a un amanecer, azul en el cielo y verde en la tierra, y ahora transmitía una muda súplica de naturaleza desconocida. Aliméntame, parecía decir. Aliméntame.
El oxígeno danzaba bajo la cristalera que contenía la potente bombilla de la farola, metros y metros más allá, junto a la desvencijada verja que abría el campo santo. Calor para la farola o acaso un espejismo, pero, en cualquier caso, casi tan caliente como él mismo. Las yemas de los dedos de aquel hombre le recorrían las piernas como besos de polilla, se estrechaban en el vértice en el que convergía su cuerpo y subían, rasguñándose los nudillos, hasta calar sus apéndices entre la corteza y la curva redondez de su trasero.

Sobre sus dos piernas, la altura del otro muchacho arrojaba sombras por encima de su cabeza. El cabello se le derramaba en ondas hasta la clavícula, lleno de pequeñas ramitas picudas y hojas sanas de roble. La túnica negra se le abría también a él, revelando nada más que la simple desnudez. Tenía pegotes de barro y arena enfangados en sus flacas rodillas; una expresión animal empañando su mirada de color incierto. Su estómago dio un vuelco al sentirle apretarse contra él, las pulsaciones de su carne deslizándose alrededor de su ombligo. La fragancia salvaje de la naturaleza taladró su cerebro cuando su nariz resbaló por el arco entre el cuello y el hombro del muchacho, y la imagen que enfocaba comenzó a difuminarse. Con los ojos llorosos, sus estrechas manos estrujaron el infinito manto negro de estudiante que ocupaba su compañero hasta dar con los demacrados brazos que asemejaban al hueso. Pliegues de tela que le volvieron loco de atar, pues aquella túnica que ostentaba los ribetes rojos de las humanidades planteaba su longitud en un problema de indeterminaciones matemáticas.
Una carcajada limpia, campanillas restallando en libertad, martilleó contra su oreja derecha. El estudiante salvaje se deshizo de la pesada prenda a golpe de hombro, exhibiendo la ausencia de ropa con orgullo mal disimulado. Delgado como un palo, su carne exudaba vida. Burbujeante vida caliente, como agua que hierve en una olla cualquiera.

Serpenteando contra la cadera desnuda, las manos del muchacho le agarraron a través de sus aguados ojos. El plástico que comprimía su sexo era insoportable, el lugar más reducido del mundo. La huella de la saliva casi seca: lejano el placer del momento. Estaba tan excitado que casi dolía. Y la risa. Dulce melodía que se escurría como un nectar pegajoso, a ratos burlona, a ratos compasiva.
El muchacho desnudo avanzó por entre la naturaleza muerta a sus pies, apartando a su compañero estudiante del incómodo tronco sobre el que se apoyaba. Las palmas de sus manos se clavaron en la corteza, pareciera que buscando la fundición con el imponente gigante. El sudor se le escurría por el espinazo, gotas translúcidas que iban camino de convertirse en riachuelos, una sugerente invitación de la mano de su espalda doblada. Aún así, le echó un último vistazo, una de sus cejas alzadas, divertida a la par que incrédula. Suficiente para él, que se secó los ojos con una de las kilométricas mangas, se apartó la túnica con los dedos y colocó su cuerpo tan cerca como pudo permitirse. Su propia mano, enderezando su endurecido sexo, le sirvió de guía ciega. Una vez se introdujo en la estrecha cavidad de su compañero, fue consciente de la resistencia que el cuerpo ajeno ofrecía. El lento avanzar arrancaba un gimoteo sordo en la garganta del otro joven.

Los restos del dolor se entremezclaron con un incipiente cosquilleo placentero, la huella del daño siempre presente, sin embargo. El muchacho que se agitaba en un vaivén repetitivo se había entregado, por otro lado, al agradable calor interior. Estimulado por una estrechez que lo empujaba al encogerse y sobre la que se desplazaba, no existía más mundo para él. Reducido al primitivo instinto de la reproducción, seducido por la curvatura de sus cabellos, curvatura sobre la que se podrían esbozar una y mil funciones, y la fragancia de las hojas que aún subsistían en las altas copas, pisaba la muerte con sus zapatillas, orgulloso representante de los vivos. La violenta cadencia de sus golpes incrementó al pensar en el extraño estudiante de los ribetes rojos. Venido de quién sabe dónde, siempre se presentaba en todas partes como recién salido de un banco de niebla. Su olor a clorofila y menta y sus extrañas costumbres... ahora entregándoselas a un completo desconocido. Esta noche olía a roble, roble viejo, roble antiguo. Un olor asombroso que le nublaba la mente.
Utilizó una de sus manos para masturbarle. Suave al principio, acelerando en cada subida.

La cima del placer era insoportable. Trataba de aferrarse al presente para no perderse, reducir la movilidad hasta que su cadera se detuvo casi por completo, pero lo que sujetaba eran hilos, no duras cuerdas de piano. Uno a uno se iban marchando, ensanchando la grieta que mantenía la cordura en su sitio. Los jadeos, las rítmicas pulsaciones que acariciaba con su palma, acicateaban su resistencia hasta su pobre límite. Intentó resistirse... y consiguió arañarle unos segundos al tiempo. Al final, se entregó sin remedio al violento placer del orgasmo mientras su mente dibujaba un extraño paisaje de árboles, hojas y remolinos. Su cuerpo se vaciaba lejos de la tierra, tan lejos como viajaban sus pensamientos.

Con paso vacilante, fue separándose del muchacho, renqueando hacia atrás hasta caer de culo contra la hojarasca. Se dio cuenta entonces de que su mano estaba manchada de una sustancia blanquecina. 
Al joven estudiante desnudo aún le costó un rato recuperarse de su agitación. El sudor le plagaba las sienes, pero tenía una curiosa sonrisa de felicidad que no podía ocultar. Se agachó en busca de la túnica negra y se la colocó con diestra maestría. Su último gesto fue acariciar el mentón de su amante; los dos dedos se deslizaron hasta los labios, cerrando la boca entreabierta. Luego, arrebujado en la enorme capa negra que le hacía parecer un cuervo, se alejó del lugar.

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Skinny dipping in the dark
Then had a ménage à trois


That's it. Yo no tengo licencia de ningún tipo, ni pienso tenerla jamás, porque si voy predicando que el acceso a la cultura ha de ser libre, no me da la gana caer en la hipocresía de ponerle candados a mis humildes contribuciones. No tengo licencia, este texto me pertenece tanto como me pertenece esta página, y cualquiera puede cogerlo, disfrutarlo, retorcerlo, cambiarlo o proclamarlo como suyo. Lo único que yo he hecho ha sido escribirlo, y, aunque de alguna forma está más ligado a mí que a nadie, ni es mío ni me pertenece. Afirmación aplicable a todas y cada una de las palabras que escribo en esta página, me gustaría señalar.

Prácticamente todos tenéis esa licencia de Creative Commons, me he fijado, no creáis. Tengo curiosidad, así que, oh please, os rogaría que no le pusierais un tono de despreciativa superioridad a mis preguntas. ¿De qué os sirve saber que nadie va a poder utilizar vuestra obra? ¿De verdad puede más el odio hacia los, digamos, buitres que lo que una imaginación fértil y ajena pueda obrar sobre vuestras palabras?

Venga ya, que yo os leo y no sois tan jodidamente buenos como para que nadie quiera robaros nada. Ni a vosotros ni, por supuesto, a mí.


Vale, eso ha sido un golpe bajo. Pero como también me incluyo, pues...

4/8/11

Nightmares


So what if you can see the darkest side of me?
No one will ever change this animal I have become 

El último ramalazo de energía y excitación empieza a abrirse paso con la devastadora fuerza de un derrumbe. Tan suave al principio que, al llegar el pleno grito de la naturaleza, ensorcedemos con su agónico chillido banshee.
Chuparemos hasta la última gota de sangre que se nos ofrece, no albergueis dudas acerca de esta cuestión. El poder se concentra en las manos desnudas, en los dedos frágiles por cuyos bordes apenas asoman uñas, falanges que aprietan su piel y escasa carne contra el plástico artificial medio de todos sus fines. Existimos de prestado, entregando suplicantes un puñado de horas que se hilvanan perfectamente en el agujero de los días a cambio de vivir en una historia suya. Y cuando se acerca la hora, ésta hora, todo lo demás pierde valor. Sólo los ojos cansados y las muñecas flojas, el temblor que recorre el hombro y muere renqueando en las yemas de los dedos es capaz de detener el ansia de sangre, el ansia de vida. Entonces regresamos, cayendo rendidos en cualquier rincón, apretando egoístamente nuestros ateridos cuerpos expuestos a la esclavitud de un sistema de frío aire acondicionado. La carne llama a la carne; retozamos sobre el mismo suelo hasta que los huesos de las rodillas se pelan y las coxis renquean un último y sonoro estertor. Calientes y satisfechos, viajamos a un lugar que no existe donde tampoco nosotros existimos, sabedores de que unas horas más tarde volveremos a mudar de alma, de cuerpo, de vida y de historia.


Y me apuesto mis preciosos dedos de programadora a que no habéis entendido ni jota... pero el texto es de alguna forma bonito, isn't it? Que cada cual lo interprete según guste.

15/7/11

A punta de espada

Texto LIBRE de Spoilers

Hoy estaba pensando en retorcidos planes de dominación mundial apacibles prados verdes y margaritas despuntando al sol, cuando, viendo lo sumamente ordenado e impecable que se encontraba mi escritorio, me he acordado de la vez que descansaba sobre él el libro A punta de espada. No me preguntéis a qué se ha debido semejante iluminación, pero lo cierto es que me ha hecho mucha gracia. Y es que, justo en ese momento, he recordado muy claramente en quién demonios estaba pensando cuando creé mi acusado injustamente de psicópata personaje de rol. Tantas alusiones al señorito Izaya Orihara me habían desconcertado (si habéis visto Durarara me entenderéis... xD), y llegué a creer que, de alguna manera, me había inspirado en semejante muchachito de veintitrés años. Pero no, qué va, qué va.

Hace ya su tiempo que me leí A punta de espada, pero es uno de esos libros que te deja tan buen sabor de boca, que cada vez que lo evocas, casi no puedes resistir la tentación de hojear sus páginas de nuevo. Más allá de la trama, que es una consecución de sucesos bien entretejidos y argumentados, me encantó el ambiente por el que se movían los personajes. ¡Y qué personajes! Hay una cosa que siempre, siempre, he admirado de los escritores... y es que sepan insuflarles esa pequeña chispa de vida que les hace nacer en este mundo (ya que los pobrecitos no dominan las nobles artes ingenieriles de la dotación de vida virtual artificial... pues qué menos, ¿no?). Y por si mi juicio no fuera suficiente (cosa que, evidentemente, es una utopía), quizá debierais saber que George R. R. Martin, el autor de ASOIAF, escribió unas palabritas recomendándolo .


El tipo de la imagen es Richard De Vier, un reputado espadachín de la Ribera que se gana la vida haciendo trabajillos con la espada. Personalmente, lo encontré un tipo muy sosegado, envuelto permanentemente en una suerte de calma exenta de frialdad, y una paciencia infinta, si uno tiene en cuenta el personajillo con el que le ha tocado vivir (y compartir cama... mmh), claro. Es la serenidad y la mano firme, porque aunque lo haga con esa sutileza suya que hasta él mismo parece ignorar, muchas de las decisiones son efectivamente tomadas (y llevadas a la práctica) por él. Puedo recordar momentos en que parece ser el dueño del lugar y momentos en los que no destaca más que la más insignificante pelusa de polvo.



Y este otro... es Alec. Un universitario de la época que se ha instalado cómodamente en la acogedora cama habitación de Richard De Vier. Os ahorraré descripciones con tan solo dos palabras sobre él: está loco. ¡Está loco! ¡Es condenadamente genial!
Ahora en serio, este es uno de mis personajes favoritos para toda la eternidad. Es totalmente impredecible y tiene una lengua... que, oh dios mío, quién la tuviera para sí. De vez en cuando (y, aparentemente, sólo por el enorme placer que le causa), se mete donde no le llaman dando su opinión única y extraordinariamente personal. El tio le da a todo, apuesta, bebe, se droga y, entonces, divaga acerca de todo lo que conoce y sabe. Richard ejerce sobre él una fascinación que le hace experimentar terribles cambios de actitud, que yo, personalmente, asocio a una fantástica bipolaridad descrita con la más genial de las maestrías.


¿Os animais a leerlo? Espadas, intrigas, yaoi, una fabulosa segunda parte... ¿acaso os han intentado vender algo mejor en lo que llevamos de verano? Seguro que no (¡el listo de turno a callar o le cuelgo!). Como en el fondo soy un ser adorable y de corazón noble y puro y todo ese blablabla os voy a dejar colgado un par de fragmentillos que, en su día, me hicieron mucha gracia. Para evitarnos spoilers tontos e innecesarios he eliminado el final de una frase, pero el texto no pierde coherencia. Además, habéis de saber que está extraído de una de las pequeñas historietas del final (esta mujer escribió tres mini historias pensando que jamás volvería a tocar a los personajes... pero no fue así jojo), así que no estropea nada.

Estaban cruzando la zona más atractiva de la ciudad, camino de las dársenas. Al otro lado del río estaba el distrito que llamaban la Ribera, donde el espadachín convivía con pillos y criminales, lejos del alcance de la ley. No hubiera sido un lugar seguro para alguien como Alec, que apenas sí sabía distinguir el filo de un cuchillo de su empuñadura, pero el espadachín De Vier había dejado claro qué le ocurriría a cualquiera que tocara a su amigo. La Ribera toleraba a los excéntricos. El alto erudito, con su desgarbado andar de estudiante y su acento aristocrático, se estaba convirtiendo en una figura conocida con el maestro espadachín. 
—Si te sientes con ganas de tirar el dinero —persistió Alec—, ¿por qué no nos consigues un criado? Necesitas a alguien que te abrillante las botas.  
—Ya me ocupo yo de mis botas —dijo Richard, dolido en su competencia—. A ti sí que te hace falta. 
—Sí —convino alegremente Alec—. Es verdad. Alguien que vaya al mercado por nosotros, que entretenga a las visitas, que encienda la chimenea en invierno, que nos lleve el desayuno a la cama... 
—Decadente —dijo De Vier—. Puedes ir al mercado tú mismo. Y ya me encargo yo de entretener a las «visitas». No entiendo por qué crees que sería divertido tener a un desconocido viviendo con nosotros. Si querías ese tipo de vida, deberías haber... —Se contuvo antes de decir lo irretractable. Pero Alec, en uno de sus bruscos cambios de actitud, que variaba como el viento sobre un estanque, concluyó jovialmente por él: 
—Debería haberme quedado en la Colina [...]. Pero ellos nunca matan a nadie... No al aire libre donde yo pueda disfrutar del espectáculo, por lo menos. Tú eres mucho más entretenido... 
Los labios de Richard se curvaron hacia abajo, intentando ocultar sin éxito una sonrisa. 
—Sólo me quieres por mi estoque —dijo. 
Muy despacio, Alec dijo:  
—Si yo fuera de esas personas a las que les gusta hacer chistes verdes, ahora estarías avergonzado.  
Richard, que no se avergonzaba nunca, replicó:  
—Qué suerte que no seas de esas personas. ¿Qué quieres para cenar?

[...]
Los nobles con encargos para De Vier enviaban sus mensajes al local de Rosalie. Pero hoy no había nada.
—Tan sólo un cretino nervioso que buscaba a una heredera.
—¡Como todos!
—Lo siento, Reg, ésta está cogida; se largó con un espadachín.
—¿Alguien que conozcamos?
—Nah... Un espadachín de cuento de hadas... Dicen que todas las chicas se han escapado con alguno, cuando en realidad es el contable de su padre.

La Gorda Missy, que desempeñaba el oficio de colchonera en el local de Glinley, rodeó los hombros de Richard con un brazo.
—A mí no me importaría escaparme con un espadachín. —Sentado, Richard le llegaba a la altura del busto, contra el que se repantigó, sonriendo a Alec al otro lado de la mesa, con las cejas provocativamente enarcadas.
Alec picó el anzuelo:
—Cuidado —dijo el alto erudito a la mujer—; muerde.
—¿Oh? —Missy le dedicó una sonrisa encantadora—. ¿Y tú no, guapetón?
Alec intentó disimular un rubor de puro deleite. Nadie le había llamado «guapetón» antes, y menos una mujer por cuya compañía tenían que pagar otras personas.
—Claro que sí —dijo con toda la frágil altanería de que era dueño—. Con fuerza.
Missy soltó a De Vier para acercarse a su alto y joven amigo.
—Oh, bien... —exhaló con voz ronca—. Me gustan los brutos. —Sus enormes brazos apuntaron como veletas al viento creciente—. Ven conmigo, encanto.
La clientela de incondicionales de Rosalie estaba extasiada.
—¡Missy, no me dejes por ese saco de huesos!
—¡Hasta luego, Alec; ya nos contarás qué tal te va!
—¡Pruébalo, chaval; a lo mejor te gusta!
Parecía que Alec quisiera que se lo tragara la tierra. Se mantuvo en su sitio, pero su altivez, de por sí mal empleada, empezaba a escapar peligrosamente a su control.
En el último minuto, Richard se apiadó de él.
—Hoy he visto una boda —dijo para toda la estancia.
—Oh, sí —dijo Lucie—; oímos que mataste a uno de los guardias. Por fin les hiciste ganarse el sueldo, ¿eh?
—Pensaba que tú no aceptabas bodas, maese De Vier. —Sam Bonner miró en rededor buscando la aprobación de su ingenio. Todo el mundo sabía que De Vier desdeñaba el trabajo de guardia.
—Y no las acepto —dijo Richard—. Esto fue después. Y no lo maté. Tim algo.
—¡No me digas! ¿Tim Porker? ¿Con el bigote a medio crecer, grandes orejas? Me dijo que se había lastimado al caerse por una escalera. Sucio mentiroso.
—Nada de bodas para Richard —dijo Alec. Había recuperado el aplomo, pero seguía observando a Missy con recelo al otro lado de la sala—. Se opone moralmente a la compraventa de herederas.
—No es que me oponga. Sencillamente, no me interesa el trabajo de hacer de guardia en una boda. Ya no significa nada, sólo son ricachones alardeando de poder permitirse espadachines para que su procesión quede bonita. No es ningún...
—Desafío —concluyó Alec por él—. Sabes, le podríamos poner música a esa frase, de tan a menudo que la dices, y cantarla por las calles como si fuera una balada. Qué suerte para los ricos que a los demás espadachines el orgullo no les impida aceptar su dinero, o no veríamos a ninguna novia llegar sana y salva a su lecho. ¿Qué recompensa ofrecen por la fugitiva? ¿Hay alguna? ¿O la mercancía ya está estropeada?
—Hay una recompensa por la información. Pero tienes que ir a la ciudad alta para cobrarla.
—A mí no se me caen los anillos por ir a la ciudad alta —dijo altaneramente Lucie—; ya he estado allí antes. Pero no sé si querría delatar a una chica que se ha escapado por amor...
—Ohh —berreó Rosalie en la otra punta de la taberna—, ¿así lo llamas?
—Hablando de dinero —dijo Alec, agitando el cubilete—, ¿alguien está interesado en una pequeña apuesta sobre si puedo sacar múltiplos de tres, tres veces seguidas?
Richard se levantó para marcharse. Cuando Alec estaba tan borracho como para enfrascarse en curiosidades matemáticas, la diversión de la velada había acabado para él. De Vier nunca apostaba.

Ahí queda eso.

8/7/11

Light me up tonight

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Viajar nunca me ha llamado demasiado la atención. Y eso que he llegado a conocer a un montón de personas a las que viajar les apasiona. Han hecho delicias mis oídos con sus peripecias, nos hemos reído hasta sentir la barriga dolorida con sus múltiples anécdotas y me han maravillado con sus fotografías. Muchos me han traído también recuerdos de aquellos lugares que un día pisaron, y siempre lo he agradecido mucho. El souvenir que cierta persona me trajo de su paseo por Italia sigue colgado en mi corcho, resistiendo contra viento y marea los miles de cambios de humor que me hacen recolocar, tirar y renovar lo que allí muestro. Como ya veis, otro ha pasado a formar parte de la humilde familia de mi llavero, junto a lo que quedó de la cadenita de la Oblivion (Aaaay... ¡malditos todos, con lo bien que me había salido la corona!), el ratoncito de la vacaciones de una de las gemelas y el malvado Shinichi-conejo que improvisamos el año pasado en lo que nos traían el Birth by Sleep para Rei-chan (recuerdo que hubo un momento de absoluta desesperación en que nos hubiéramos comido al dependiente por retrasar y retrasar la puñetera entrega). La cuerdecita que me ata el tobillo es aún más reciente que esta última adquisición que acabo de comentar... o la bolsita tan graciosa que me trajo Nini de su viaje a China, donde guardo mis videojuegos de la NDS y derivados (¡muchas gracias! ^w^).
Bueh, ahora que lo pienso, ¿dónde demonios están mis cosas? ¿todo lo que uso son regalos? JA, primera muestra irrefutable de mi adorabilidad, pues.

En fin, estaba diciendo que a mí lo de viajar nunca me ha llamado la atención. Quizás se deba a que desde que era una cría enana y llorica mis padres me han estado arrastrando por todo el territorio español (excepto por las islas, ¡mecachis!) para que lo conociera, o a que algo funcione ciertamente al revés en esta cabecita mía, pero... no sé. En esencia, todas las ciudades me parecen iguales. Las casas siguen teniendo cuadro paredes, las iglesias vidrieras y bancos, por las carreteras circulan coches, y las personas que veo no me parecen en absoluto diferentes a mí. Todas con dos ojos, dos brazos, dos piernas... si es que, qué manera de arruinarme la diversión. Jojo.
Bueno, ahora hablando en serio. Me parece asombroso poder plantarme en la otra punta del mundo en cuestión de horas, pero al llegar nunca me siento extraña. El suelo que piso sigue siendo mi hogar, digan lo que digan las fronteras que he contribuido a establecer, y caminar por lo que sigo considerando mi tierra no supone para mí nada nuevo. Soy una chica de ciudad, todo lo que sean ladrillos, piedra, cemento, asfalto, cristal... es mi hábitat. ¿Cómo voy a poder sentirme ajena o sobrecogida rodeada de algo que me es tan familiar, de todo lo que he visto desde que he venido al mundo? Naturalmente, cada sitio tiene sus cosas, sus propias cosas, aquellos elementos que sólo se encuentran allí y que sólo podrás ver mientras permanezcas en el lugar. Algunos, os concedo, son realmente impresionantes. Así que aprovecho para, amablemente, recordaros que no he dicho que me desagrade viajar... sólo que no es algo que esté muy arriba en mi lista de prioridades. Disfruto como todos.

Sin embargo... mmh. Este verano, probablemente, haré la mochila y me marcharé a visitar por segunda vez esa ciudad que me enamoró a primera vista. Y desde entonces, desde que aquella idea empezó a tomar cuerpo, he estado experimentando unas sensaciones bastante extrañas. Algunas de ellas son, por supuesto, fruto de los estragos que cierta partida de rol inacabada ha causado en mi ya trastocada cabeza, pero muchas otras son... anhelos de, realmente, querer viajar. Querer estar allí, en sus calles. Querer consultar un mapa debajo de un paraguas, maldiciendo la lluvia que echará a perder mi perfecto alisado, tomar el té en una pomposa taza de porcelana estirando el meñique, bordear las orillas del Támesis en una bicicleta prestada (¡en busca del Ensueño...!), o ir a cierto lugar que no puedo revelar porque cierta persona tiene la mala costumbre de leer lo que escribo. Y claro, el secreto tiene que ser secreto hasta que nos montemos en el tren. En fin, como sea. El caso es que empiezo a tener muchas ganas.

Apenas me queda una cosa que decir. Venido directamente del Fin del Mundo, de esa exhuberante tierra que fecunda la magia de la naturaleza para hacer de su emplazamiento algo diferente del resto de las urbes de la tierra... a este precioso animalito negro, yo tengo que llamarle Kerry . Es un nombre que me trae a la mente dos pensamientos diferentes. Claro que... por el momento, no puedo decidir cuál me gusta más.