16/5/12


And there I was: in the middle of the street, looking at the white sky full of clouds, feeling the cold in the air as if a spider were biting my flesh.
I didn't have any particular reason, you know, but at the moment I really felt the world empty. As if the game were over and all the emotion had vanished in the air, no longer existing. That's why I ran, ran all over the open ground, stepping into the wild grass and the wild flowers, savage nature, violently, careless, running my way back to him. Cause I really, really, really needed to see him. He represented my dreams, the only thing in the world able to move me deep inside, able to make me desire, to make me change all over again. I knew we haven't seen each other for years: may he doesn't recognize me, may I think he's now a fool... but I have the imperious need, no, urge, to meet him and ask back my reason to go on living.

I found his house. And his damn stairs. I've always had a personal problem with that fucking twisted stairs, spinning round and round like a nail shell. Oh god, so many times I've changed them with my hands, but they were always back to their original state...

And then, there he was, and I saw him with my own eyes this time. Amazing. He was beautiful. Frozen on his sixteen, taller than me at my twenties, bright green eyes like a pair of young and tender leafs. His hair barely covering his ears, like ancient wood in a forest, fragile, shining: he dazzled me. He was smiling the smile I love, a smile you can feel like a lullaby... or like the most pleasure hiding treasure of danger. He sang a single word, and his voice went deep into my bones as a command. Then we ran down the stairs as we chat, shouting, waking up the neighbourhood...


Everywhere I go, 
when everyone who knows me
knows that I would stand alone
It's all part of the game
The game
The game!

We all play it the same.

8/3/12

Light breaks where no sun shines


El otro día sucedió algo extraño. Mientras deslizaba los dedos a toda velocidad por el teclado, metiendo, con ese conjunto de gestos tan simples, una retahíla de pensamientos que debían dirigir el script que estaba construyendo, sumergida, en otro plano de mi cerebro, en un millón de páginas, a la zaga de los restos de información útil que me faltaba por recabar... sentí la mordedura de la apatía. O más bien, para ser más exactos, no sentí nada. ¿Cómo es posible? me pregunté, asustada, ¿cómo es posible que esto no me haga sentir nada? Porque os aseguro que era una labor bien jodida, de esas que te matas a depurar, con las cuales la solución suele aportar una buena dosis de hiperactivo placer y autoestima (o más bien deberíamos decir ego... que ya no es una mundana autoestima), pero no me aportó nada. Sólo me sentí cansada.

Durante dos días (o quizá sólo haya sido uno muy largo), pensé que esa codificación que estaba llevando a cabo estaba maldita. No iba a disfrutarla. La apatía con que mis ojos la miraban, con que mis dedos la moldeaban... nuestros mundos se habían convertido en rectas paralelas, discurriendo hasta el infinito sin llegar a tocarse jamás, reemplazando aquella placentera sensación de convergencia, aquella bendita sensación de intersección fuera de todo tiempo y lugar, dentro de toda esa loca abstracción de parámetros.

Y entonces... el torrente de energía estalló, vibrante, zumbando, derramándose por toda la hoja que emborronaba dibujando implementaciones. Energía oscura y caótica, devastadora e impredecible, fuertemente densa, sorprendentemente liviana, nacida en algún remoto lugar de mi cerebro, extendiendo con pesadez sus duros tentáculos de adrenalina en llamas. Esa energía terrible, amigos, terrible, te transforma en tus deseos más profundos, en todo el arrojo que posees, en toda la stamina que te queda. Es como la vida; es como vivir.

Y así, ya no necesito preguntaros a vosotros por vuestra energía oscura. Porque, ¿qué demonios podría importarme? ¿Acaso me lo contaríais? ¿Acaso lo conocéis vosotros mismos? Si sois simples vegetales que peregrinan con la luz solar en un ciclo eterno cuyo origen y destino es el único lugar en el que podréis soñar: la cama.


Leave my door open just a crack
Please take me away from here
cause I feel like such an insomniac.
Please take me away from here
Why do I tire of counting sheep?
Please take me away from here
when I'm far too tired to fall asleep.




Venga, venga... esta entrada tiene un premio. ¿Es que no lo veis? Está ahí, y vuestros ojos lo están leyendo ahora mismo.

26/2/12

Gruñir es un verbo menospreciado


Está bien, veo que soy capaz de experimentar el procedimiento por el cual las pilas se desbordan. Hablo de pilas informáticas, claro, estructuras de datos que sirven para contener el poder que toda información a guardar conlleva...

La verdad es que me gustaría quemar algo (aunque esto es solo una forma de hablar, como mucho romper), sí, porque me estoy dando cuenta de que hay ciertas cosas que me ponen de muy mal humor que no estoy exteriorizando. Soy un signo zodiacal reservado, no lo olvidemos, y a veces ir en contra de los astros que te rigen es tan difícil... Aunque también es cierto que pueda deberse a la canción que estoy escuchando ahora mismo, que me hace evocar cierto episodio que tuvo lugar en un callejón de Londres con un par de amables muchachos que tenían unas ganas locas de divertirse. Ahí los dados volvieron a fallarme, oh fatalidad (aunque es cierto que la expectación que me embargaba en aquellos momentos por continuar era de proporciones muy considerables).

El caso es que no sé qué pensar. Y la incertidumbre, amigos, es horrible, porque yo conozco cómo razonar con incertidumbre si tuviera que aplicar técnicas de inteligencia artificial a un sistema, pero con seres humanos... con seres humanos es otro cantar. Y si intento recurrir a la experiencia me pierdo en mis recuerdos. Recuerdos tengo muchos.

Pero como la vida continúa, seguiré metida en la corriente, transportando electricidad mal que bien hasta que atine a encajarse el enchufe.

20/2/12

Pookas made me do this


El otro día tiré los dados, uno detrás de otro, cuatro veces. Resbalaron de la palma de mi mano hacia la mesa y bailaron la peligrosa danza del azar sobre sus caras rojas y verdes, desfilando el carnaval sobre su superficie. En apenas unos segundos dejaron de girar, sonriendo malévolos sus catastróficos resultados sobre mi destino... Dados del demonio.

Hoy los dados han vuelto a girar, sin embargo. Después de un productivo inicio de segundo cuatrimestre haciendo maldades en la universidad, con laberintos y robots, y programación web (muy curiosos vuestros códigos fuente de blogger, por cierto, queridos compañeros, ver a vuestros hijos desnudos es un placer :D), decidí que me gustaría saber en qué posición me encontraba con respecto a cierto tema. Comprended que uno no se para a medir lo mucho que se divierte... cuando está divirtiéndose. Y la memoria es difusa, joder (niños, desconfiad de todo lo que no se pueda deducir con fórmulas). Así que, como buena matemática, esta tarde he estado llevando a cabo un estudio muy placentero...

Y, como no podía ser de otra manera, he descubierto que no sólo en las matemáticas, programación o informática estoy por encima de la media.
 

7/1/12

Loading 2012



¡La bestia colmilluda os desea un próspero año nuevo!



...y una feliz vuelta al cole :D

25/12/11

Tiempo de descuento


Es increíble como la información puede detener la perspectiva que te habías hecho del día, arrugarla y arrojarla a la papelera como un borrador que ya ha servido suficiente a su propósito. Lo que auguraba ser una jornada aburrida y larga por la ausencia de ciertas variables (que, creo, habría de considerarlas ya como constantes) ha resultado derretirse ante el terrible calor que, como ha de ser, desprenden las buenas nuevas.

Y es que este cuatrimestre apenas he tenido proyectos interesantes en los que trabajar (honrosas excepciones aparte), pero la asignatura a la que acudía religiosamente los viernes después de comer (en muy buena compañía, por cierto)... ah, mantenía una intensa relación amorosa con ella. Y, oh, apenas puedo creérmelo, pero ha sido finalmente correspondida. Álgebra Lineal. Brrr, me entran escalofríos de placer.

Así que, mis queridos mortales, hoy, que me siento tan afín a los números y tan ajena a esas cosas profanas que dicen ser conocidas como palabras, voy a enseñaros lo que es un trabajo bien hecho. Demostraría algún teorema para vosotros si tuviera la certeza de que lograríais pasar de la primera coma, pero como no la tengo... baste decir que he sido una de las ocho afortunadas personas que han salido airosas de semejante empresa cuatrimestral. En su lugar, os voy a enseñar lo que es un trabajo bien hecho. Porque sí, porque me parece que vendéis vuestro amor a un precio demasiado bajo; algo tan devastadoramente íntimo vale mucho más que eso.

Dejeis caricaturas de comentarios, mensajes que derrochan ese buenrrollismo que a mí, a título personal, me parece tan poco verdadero, monteis clubes de fans o le deis a los botoncitos de las redes sociales en esa intachable labor de saturar el infinito ciberespacio... no. Ellos, vuestros infinitos objetos de adoración, seguirán sin ser artistas, porque, para serlo, necesitarían saber hacer obras de arte...

Como esta.

Pronto se convirtió en el tema de conversación más recurrente. Scott (no tardaron en averiguar su nombre), la puta de Lord Godwin. Por ello quizá se sorprendieron tanto la noche en la que él mismo entró, dando tumbos, en nuestra cocina.

En un principio, por su modo de andar, pensé que estaba ebrio. Pero cuando se irguió para mirarnos, descubrí que se estaba cubriendo la parte derecha de la cara. La sangre manaba abundantemente desde su cabello, y había manchado su camisa blanca. El chaleco que llevaba sin abotonar también estaba sucio. Pero su rostro… ese hermoso rostro estaba cubierto de golpes, hinchazones y manchas violáceas. Quien quiera que fuera se había ensañado con él. 
 
Avanzó unos metros, vacilante, en el cuello aún se veían las marcas de mordiscos. En un momento pareció marearse, así que tuvo que apoyarse urgentemente en la encimera, mientras respiraba pesadamente. Sus mejillas aún estaban arreboladas por el esfuerzo que le debía suponer el tenerse en pie… aunque quien sabe si esa rojez no era sino fruto de otros golpes. Finalmente, alzó la mirada y preguntó, con una voz sorprendentemente clara y serena.

-¿Tenéis hielo?

Todos nos quedamos mirándole, sentados en las duras sillas metálicas dispuestas alrededor de la mesa: Bobbie, Atman, Donna, Louise y yo. Y, por supuesto, nadie movió ni un dedo ante su súplica.

Suspiró cansadamente. Fue a abrir la boca otra vez, pero el dolor le hizo doblarse en dos. ¿O era que se estaba riendo? Cuando se irguió, tenía los labios manchados de sangre, y una gota de saliva roja se deslizaba por su barbilla sin que él pareciera notarlo.

-Disculpad, ¿podríais darme hielo? –repitió, y su buen hacer, dada su situación actual y nuestra indiferencia, estaba fuera de lugar. De hecho, ninguno de mis compañeros le estaba mirando. Yo, en parte, podía comprenderlos. ¿Qué demonios hacía Scott ahí? La segunda planta, ruinosa y sin calefacción, estaba reservada únicamente para nosotros, y, esto os lo puedo asegurar, jamás teníamos visitas. Arriba, donde vivía Lord Godwin, había criados de sobra, medicinas, y seguro que fuentes enteras de hielo tallado para simular figuras que encajaran con la estilosa decoración. ¿Por qué rebajarse a venir aquí, a este agujero sucio e inmundo? ¿Buscaba a caso algo de amabilidad? Pues no la iba a tener. Él estaba muy por encima de nosotros en tanto que era el nuevo amante de Lord Godwin y un solo capricho suyo podía ser nuestra desgracia. Pero a la vez, estaba hundido en la porquería, porque se vendía por dinero, y eso era repugnante, asqueroso, ninguno de los que allí estábamos nos habíamos visto obligados a alcanzar semejante extremo.

El silencio se había apoderado de la habitación, y todos parecíamos estatuas: agarrados a nuestras tazas de té, con la vista clavada en la mesa, por la que corría rauda una cucaracha rojiza. El chico seguía allí, apoyado en la encimera, podía escuchar su respiración ronca. La radio, un aparato cochambroso que siempre teníamos encendido, se hizo más presente. La canción actual terminó, dando paso a otra muy diferente. Unas notas en el acordeón fueron el precedente de una curiosa melodía circense que me recordaba a las noches de fiesta en la feria de Redbutterfly. El sonido, como el humo, pronto se extendió por la habitación. Precisamente porque era una música sinuosa y alegre, quedaba totalmente desacorde con la frialdad de la escena en sí. Las notas ya flotaban por el ambiente, como molestas avispas en verano. Esa melodía hablaba de tardes de estío, con una luna brillante en el firmamento para alejar las sombras. De familias alegres llenas de niños, aquellas que ninguno de los presentes (de eso estaba segura) habíamos tenido. De algodón de azúcar, manzanas de caramelo y otros manjares que nada tenían que ver con el té amargo que paladeábamos en ese momento, o el sabor de la sangre. De alegría, dicha y placer. De la alegría de ser humano y compartir con otros en una enorme fiesta. Justo aquello de lo que queríamos ni oír hablar. Por tanto, la música, al traer todos esos recuerdos, nos turbaba de manera tal que ni siquiera nos atrevíamos ni a respirar, con los dientes apretados y los nudillos blancos, esperando angustiados a que terminara de una vez.

Entonces ocurrió algo muy extraño. Scott, que hasta entonces había permanecido renqueante a un lado, empezó a moverse. Primero muy despacio, pero ya entonces pude observar por el rabillo del ojo la sincronía de sus pasos: adelante, detrás, a un lado… Pronto empezó a ir más rápido y a desplazarse por buena parte de la cocina, siguiendo siempre el ritmo de la música. Trató de erguirse e incluso se quitó la mano ensangrentada de la cara, dejando al descubierto su ojo derecho, (hinchado hasta el punto de que apenas podía abrirlo), para así fingir que abrazaba a un compañero imaginario, en un baile de lo más extraño. Noté como todos le lanzaban miradas ansiosas, asustados por su reacción, esgrimiendo el temor que la gente normal tiende a sentir por los locos. Pero él no se detuvo. Siguiendo la melodía, danzó grácilmente alrededor de la mesa, y era curioso cómo, a pesar de las muecas de dolor, la sonrisa traviesa nunca abandonaba su rostro, como si todo el asunto no fuera más que una especie de chiste que nosotros estábamos tardando en comprender. Cuando la música alcanzó una especie de clímax, se acercó bailando a mí, y me tendió la mano, una mano cubierta de sangre, como invitándome a acompañarle. A pesar de su rostro deformado y el cuerpo enfermo, una especie de determinación (¿o era locura?) brillaba en la mirada de su único ojo. En ese momento me di cuenta de que el autor de esos golpes no debía ser otro que el mismo Lord Godwin, cuyos arranques violentos, por cierto, gozaban de una fama nada desmerecida. La mano del muchacho seguía allí, firme, esperando. Dudé unos instantes. Sabía que en agarrarla o no estaban implicadas muchas cosas. Él pertenecía al otro bando, con lo que aceptarle suponía una traición. Traición. Aquello por lo que me había apartado Redbutterfly. Sentí el inicio de una devastadora tristeza en mi interior, como una vorágine descontrolada. Pero es que yo nunca fui una buena persona.

Así que agarré la mano, y ante la sorpresa de mis compañeros, él pasó la suya alrededor de mi cintura y me atrajo a su lado. Moverse en su abrazo era fácil: me manejaba con una maestría sutil y embriagadora. La música se derramaba ahora por mis venas y todo lo que deseaba mi cuerpo era seguirla. Sin darme cuenta, yo había pasado los brazos alrededor de su cuello, y observaba su rostro herido con el deleite del que admira la belleza de un templo en ruinas. Éramos ahora dos barcos de velas rasgadas, perdidos para siempre en el océano infinito y devorador.

So... Merry Christmas, Charlie!